Affanasief en modo non-stop - 2.400 metros de escalada

El Fitz Roy o Cerro Chaltén está ubicado en la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia Argentina, concretamente en el Parque Nacional de Los Glaciares, un lugar remoto en el que destacan los macizos montañosos del Fitz y del Cerro Torre, al que se accede a través de la ciudad de El Chaltén.

Por supuesto, es un lugar al que sueña con ir todo alpinista, tanto por su belleza paralizante, como por el compromiso de las escaladas en sus remotas montañas, siendo precisamente esa inaccesibilidad la que nos llama a muchos a acudir allí. Pero El Chaltén no es solo lugar para aventureros en busca de emociones fuertes y alpinistas que persiguen cumplir sus sueños, sino que, de hecho, es conocido como la capital nacional de trekking, porque hay infinidad de senderos que dan acceso a lugares totalmente increíbles y que, a diferencia de los de las altas montañas que lo rodean, están señalizados de una forma excelente, no presentan riesgos importantes y su dificultad es moderada. Hay para todos los públicos. 

En el pueblo se está, incluso, demasiado cómodo; todo está cerca como para poder ir andando, hay una oferta hostelera y gastronómica muy diversa y para todos los bolsillos (recomiendo “El Rancho” para comer, por cierto), normalmente hace buen tiempo y se puede escalar, hacer trekking, montar en bicicleta y otras actividades; hay planes de todo tipo, de día y de noche, y siempre con muy buen ambiente. Además, es un sitio estupendo para aprovechar a teletrabajar cuando no hay ventana de buen tiempo para intentar una cumbre.

Lo más rápido para llegar desde España es hacerlo viajando al aeropuerto de El Calafate, en Argentina, desde donde hay autobús directo a El Chaltén. Sin embargo, normalmente, es más económico es hacerlo a través de Chile, aunque, eso sí, es más largo, ya que desde Santiago de Chile hay que volar a Punta Arenas para después tomar el autobús hasta El Chaltén, haciendo trasbordo en Río Gallegos o Puerto Natales -pueblo de entrada al Parque Nacional de las Torres del Paine- y en El Calafate. 

Lo que está claro es que, además de por su belleza, si por algo es conocida la Patagonia es por su adversa meteorología, en concreto, por sus intensos vientos. Las ventanas de buen tiempo son escasas y ello puede hacer que, en ocasiones, se llegue a estar un mes entero en El Chaltén sin poder escalar. De hecho, muchas cordadas no pueden llevar a cabo una buena aclimatación a la altitud  -aunque esto no suele ser demasiado problemático, al no superar las cumbres los 3500 msnm- ni de adaptación al terreno -importante las primeras veces que se se acude sitios como este- ya que en Patagonia no se puede desaprovechar una buena ventana de buen tiempo para aclimatarse, sino que cuando surge la oportunidad hay que ir a por el objetivo principal de la expedición, porque puede ocurrir que no haya otra durante la estancia. Para tener una previsión del tiempo lo más certera posible conviene consultar Mountain Forecast y Windguru, que ofrecen pronósticos de las cumbres del Fitz Roy o del Cerro Torre.

Otra característica a destacar de Patagonia es que las aproximaciones a las paredes son muy largas. Sin excepción. Todas las actividades requieren una logística de varios días o un estilo y una velocidad poco habituales. Además, a las actividades con punto de partida en El Chaltén hay que sumarle la dificultad y el riesgo de atravesar glaciares durante las aproximaciones o los descensos. 

Viaje a la Patagonia Argentina en enero de 2024.

Había estado en la Patagonia Chilena en enero de 2019, con 16 años, donde logré hacer cumbre en la Torre Norte del Paine, siendo el más joven en conseguirlo, y tenía unas ganas inmensas visitar de nuevo El Chaltén, donde estuve también en aquél viaje, aunque en aquella ocasión no llegué a ver el Fitz Roy directamente. Por fin, este pasado enero, tuve la oportunidad de volver, con la increíble “suerte” de que al día siguiente de nuestra llegada, había una ventanita de tiempo aceptable. Entrecomillo suerte porque eso significaba que íbamos a poder hacer actividad nada más llegar, lo que, como comentaba, en Patagonia es un milagro, pudiendo adaptarnos a la zona afrontando algo más sencillo que el gran objetivo; pero también significaba que teníamos muy poco tiempo para encontrar alojamiento, hacer la compra y preparar el material y las mochilas. Además, tendríamos que hacer la actividad en el día, lo que iba a requerir madrugar mucho y darnos una buena paliza sin haber dormido apenas y con el jet lag todavía en su punto máximo.  

  • Aguja de la S - Vía de los Austríacos 

Suena el despertador a las 04:00 horas y en media hora Javi Guzmán, Cristian García y yo, estábamos caminando con una sensación un poco extraña: ¿estábamos triunfando o estábamos locos yendo a hacer en el día una actividad que se hace en dos o tres y de la que nos habían dicho que solo en aproximar se tardaban unas nueve horas? Con esa duda fuimos avanzando sin ninguna pretensión de hacer cumbre, simplemente queríamos hacer una primera incursión en estas montañas y ver hasta dónde podíamos llegar, llevando a cabo esa pequeña aclimatación de la que hablaba. 

Nos amaneció con unas increíbles vistas al Fitz Roy que nos inundaron de motivación e ilusión. Yo estaba viendo por primera vez la que para mí es la montaña más bonita del mundo y, además, con unos colores y una luz increíbles. Pasamos Laguna Sucia y subimos por un camino poco marcado de la empinada ladera durante algo más de una hora, hasta llegar al glaciar, donde nos pusimos los crampones, aunque con algunas dudas de si seguir avanzando o no, ya que hacía calor y había cordadas que ya estaban bajando. 

Cruzamos el glaciar, pero aún quedaba salvar una rampa de nieve bastante vertical que casi nos hace darnos la vuelta, porque debido a lo blanda que estaba era muy difícil progresar en ella, a lo que había que sumar el miedo a que pudiera haber una avalancha. Finalmente pasamos el tramo de nieve sin novedad y escalamos la vía de Los Austríacos muy rápido, en ensamble, aunque en la última parte y en la cumbre de la Aguja de la S hacía mucho viento. En el 2019 hice cima en la Torre Norte del Paine con vientos de unos 100 km/h, pero no recordaba lo difícil que era escalar así y, a pesar de que en esta ocasión no superaban los 70 km/h, la fuertes rachas nos provocaron bastantes problemas en los rápeles, tardando más en bajar que en subir. Una vez en el suelo, deshicimos el camino que nos había traído hasta allí y 15 horas después de nuestro madrugón estábamos cenando en El Chaltén.

  • Affanasief al Fitz Roy

Al día siguiente de escalar la Aguja de la S nos esperaba la sorpresa de que se pronosticaba otra ventana para cuatro días después, pero de tan solo un día de duración. Estuvimos valorando opciones, pero si algo teníamos claro era que no queríamos utilizar esa ventana para hacer algo corto. Disponiendo de un día de buen tiempo estuvimos barajando hacer, por ejemplo, la Ciaro di Luna, a la aguja Saint Exupery. Pero la ventana mejoró un poco y se esperaban unas 30 horas de bonanza. A la vista de ese cambio en el parte, enseguida me vino a la cabeza la Affanasief al Fitz, aunque sabíamos que lo normal para afrontarla son entre dos y tres noches desde que se sale del el campo base, con las que nosotros no íbamos a contar. Por tanto, con las previsiones meteorológicas que manejábamos, la única posibilidad que teníamos era hacerla en modo non stop

Hablamos con varios conocidos y locales que nos advirtieron de que lo que planteábamos era una locura, estábamos pretendiendo algo demasiado largo en todos los sentidos para hacerlo sin parar. Pero nosotros, en base a que la velocidad en pared es nuestro gran fuerte -habíamos hecho actividades como las ocho caras del Urriellu en menos de 16 horas-, estimamos que los 1500 m de longitud, con un grado máximo de dificultad de 6a+, que constan en las guías y los croquis, los podríamos escalar muy rápido. No era, por tanto, a nuestros ojos, una locura intentarlo.

Así las cosas, planteamos una estrategia de absoluta ligereza, llevando lo mínimo imprescindible: lo puesto de ropa y un poco más de abrigo, un litro y medio de agua cada uno, un poco de comida, botas, crampones y un piolet ligero, para las zonas de hielo y nieve, y el mínimo equipo de escalada posible -de hecho con un grado máximo de 6a+, dudamos incluso en si llevar pies de gato, que al final, afortunadamente, acabaron dentro de la mochila-. No había margen de error. No había posibilidad de supervivencia si no bajábamos de la montaña antes de que entrase la borrasca unas 30-35 horas después de salir del campo base. 

Pero lo que ni nosotros ni nadie de los que consultamos sabíamos en aquel momento es que las guías y los croquis publicados y que circulan por internet son totalmente incorrectos, constatando a posteriori, en base a la percepción de nuestra propia experiencia y de otro croquis que localizamos semanas después, que la vía tiene realmente una longitud de unos 2400 m, con dificultades de 6c. La cosa se iba a complicar dramáticamente…

Amanece el 19 de enero en El Chaltén sin saber la magnitud de lo que estábamos a punto de vivir; sin comprender en aquel momento que por delante teníamos la mayor aventura de nuestra vida. Esa mañana, hicimos unas compras de última hora, terminamos de cerrar la mochila, llamamos a la familia y amigos para despedirnos por unos días y cogimos el taxi que nos dejó en Río Eléctrico para empezar la aproximación.  

Cuando bajamos del coche, el ambiente estaba recio: hacía un viento muy fuerte y las montañas tenían nieve a una altitud más baja de la que esperábamos. No obstante, seguimos apostando porque al día siguiente haría buen tiempo y la vía estaría medianamente seca, así que seguimos con la aproximación a Piedras Negras, que dura unas cuatro horas. Tiene una primera parte muy cómoda y llana hasta Piedra del Fraile, pero luego es muy vertical y en muy poca distancia hay que salvar 1000 m de desnivel. Al final de esta subida pusimos una tienda pequeña para los tres, cenamos unos liofilizados y nos tumbamos a intentar descansar lo más rápido posible a las 21:00 h. 

El 20 de enero sonó el despertador a las 00:15 h, tras haber dormido unas escasas tres horas, pero creo que no me he levantado tan rápido en mi vida. La emoción de cumplir un sueño, escalar una cumbre como ninguna de las que antes había escalado, me dio alas. El cielo estaba despejado y el viento había amainado bastante. Esto nos motivó mucho. Desayunamos y partimos, dejando la tienda con los sacos, las esterillas, el hornillo y todo lo que no necesitaríamos en la actividad, buscando la ligereza extrema. Habíamos hablado claramente de que no llevaríamos saco de dormir porque, con el margen de tiempo que teníamos, no íbamos a poder utilizarlo en ningún caso; si parábamos a dormir, podíamos darnos por muertos. Pero, no sé muy bien porqué, de una forma muy natural, alguien metió el más ligero para compartir entre los tres en caso de emergencia y lo mejor fue que nadie de la cordada dijo nada al respecto. 

A la 01:15 h estábamos en marcha, andando en la oscuridad, orientándonos con el GPS. Nos habían dado la referencia de que desde Piedras Negras al pie de vía se tardaban unas seis horas. Nosotros tardamos solo cuatro y esto nos motivó y nos hizo pensar que nuestro plan iba muy bien. A las 05:30 h estábamos empezando a escalar con las primeras luces del día. En los primeros 100 metros no tardamos más de 20 minutos. Después vino un largo que marcaban como 6a, pero aunque buscamos la parte más sencilla del muro, el grado no bajaba de 6b+ y, además, había hielo en las regletas y fisuras, lo que lo dificultó bastante la escalada, demorándonos más de lo que habíamos estimamado. Esta solo fue la primera advertencia de dónde nos habíamos metido y lo que nos esperaba más adelante. 

Los siguientes 300 o 400 metros eran muy sencillos, así que decidimos hacerlos sin cuerda, para ganar tiempo, y pronto llegamos a las placas, otro de los puntos clave de la vía. Supuestamente 300 m de V-6a, pero estamos seguros de que fueron más bien 500 y con bastantes tramos de 6c. Esta sección concentra la mayor dificultad de la vía, por ello, aunque intentamos progresar en zapatillas, por comodidad, fue imposible…menos mal que finalmente no dejamos los pies de gato. Eran largos con pasos de adherencia muy difíciles y muy expuestos, pues todas las fisuras estaban cubiertas por hielo y había muy pocos emplazamientos dónde poder poner un seguro para proteger. Comentamos que sin duda había que hacer mucho grado en adherencia para pasar por allí con soltura. De hecho, yo acababa de encadenar “Arterencia”, un 8b de La Pedriza, y aquello me pareció, aún así, muy exigente. 

Escalamos toda la vía en ensamble de tres, y todos sufrimos caídas debido a las altas dificultades que encontramos en varios tramos; menos mal que siempre ocurrió llevando la cuerda por arriba y que, afortunadamente, habíamos optado por un sistema de escalada en ensamble con microtraxion, que funcionó a la perfección. En concreto, mi caída fue la más aparatosa ya que se produjo durante una travesía. Debido a ello dibujé un amplio péndulo, de más de diez metros, llevándome el último chicleo de la cuerda a caer de espaldas contra una repisa, menos mal que la mochila me protegió del golpe. Cristian, que lo vio en directo, no fue capaz de articular palabra hasta varios segundos después de que me levantara. Por ventura, todo quedó en el susto, pero la caída me advirtió del cansancio que acumulaba tras las 12 horas de actividad y todo lo que habíamos escalado. 

Continuamos avanzando a buen ritmo, pero un poco desorientados y preocupados. Sabíamos a ciencia cierta que aún estábamos en la vía, pero la pared no se acababa y nosotros sabíamos que ya habíamos escalado ya más de 2000 m y que las dificultades que nos habíamos encontrado claramente llegaban a 6c -cuando nuestra planificación era de 1500 m con un grado máximo 6a+-. Sin embargo, poco después, hacia las 18:30 h, llegamos a una repisa en la que nos dimos cuenta de que habíamos perdido la ruta, calculando que muy probablemente nos habíamos desviado unos 100 metros por debajo. 

Estábamos en una situación bastante delicada; en nuestra planificación estimábamos hacer cumbre hacia las 17:00 h y no solo ya era más tarde, sino que aún teníamos por encima unos muros muy verticales, con apariencia de muy difíciles y probablemente inescalados. Estuvimos barajando nuestras posibilidades en aquel momento y determinamos que bajarnos de la vía era imposible; recuperar la línea quedaba descartado porque perderíamos demasiado tiempo y estábamos exhaustos; así que para salir de allí solo cabía hacer cumbre y bajar por el otro lado de la montaña, donde se encontraban equipados los rápeles.

No nos quedaba otra, así que, tras compartir unas chuches de cafeína, Javi encabezó la cordada en los dos siguientes y muy exigentes largos. Durante este tiempo Cristian y yo comentamos la gravedad de la situación: no sabíamos a cuánto estaba la cumbre, iba a anochecer en breve y la bajada era difícil de encontrar y seguir…y la ventana se iba cerrando, lo que nos llevó a tener algún momento de verdadera angustia, planteándonos seriamente la posibilidad de no salir de aquella montaña. 

Que íbamos a rapelar toda la noche, estaba claro, pero el temor que nos asaltaba con más fuerza era no tener luz para encontrar el primer rápel, lo que podía complicarnos mucho la existencia, literalmente. Si no bajábamos de la pared antes de media mañana del día siguiente, lo más seguro es que ya no bajásemos. Ese fue uno de los peores momentos de mi vida. Tenía mucho miedo y solo pensaba en que quería volver a ver a mi familia. Me han dicho que incluso recé y no se me ocurriría rezar en cualquier otra situación. Esta actividad me ha hecho plantearme ciertas dudas metafísicas que, probablemente, de otra forma no se me hubieran presentado a mis 21 años, lo cual también atesoro como parte del enriquecimiento personal que supuso esta aventura para mí.

Pero afortunadamente, lejos de atenazarme y paralizarme, de ese miedo salieron las fuerzas para escalar a toda velocidad los últimos largos yendo de primero, permitiendo que llegásemos a cumbre a las 21:30h, ya atardeciendo y con luz suficiente para encontrar el primer rápel, como era nuestra obsesión. De hecho en la cumbre no estuvimos más de dos minutos, en los que nos dio el tiempo justo de hacernos una foto inédita, con la sombra de pico perfecto del Fitz Roy extendiéndose por las montañas patagónicas.

Como cabe sospechar, el descenso fue muy largo. Había que ir localizando las reuniones para los rápeles (aunque alguna fue imposible y tuvimos que abandonar material), cosa a la que se dedicó Javi. Además, íbamos con mucho cuidado, pues un mal enganchón de cuerdas podría significar no poder seguir bajando. 

La actividad en su conjunto, pero sobre todo el estrés y el esfuerzo enorme que hice para rematar lo antes posible los últimos largos, me dejaron exhausto. De hecho, mientras esperaba mi turno para rapelar me quedaba dormido en cuanto estaba 30 segundos parado, como fuese: de pie, sentado, colgado del arnés en el vacío… A veces me despertaba asustado porque me caía o porque se me resbalaba el crampón. Se daba la paradoja de que, normalmente, cuando estás teniendo una pesadilla te despiertas, esta se acaba y te relajas, pero aquí era al contrario, soñaba placenteramente cada vez que cerraba los ojos y cuando me despertaba me encontraba de lleno con la pesadilla. Esto me pasó, al menos, veinte veces. 

Después de toda la noche sin parar de bajar, a veces haciendo rápeles de, tan solo, ocho metros, para evitar que las cuerdas se enganchasen, por fin aparecieron las primeras luces y nos alumbraron llegando al punto que se conoce como “la silla”. Aunque aún quedaban diez rápeles y el descenso era ya sencillo, había que ser muy rápidos, porque cuando a esa zona le da un poco el sol pueden producirse avalanchas y, por tanto, se convierte en un lugar muy peligroso… y aún quedaba el descenso por el glaciar. 

Una vez abajo la cosa se iba tornando un poco más agradable, aunque nos mataban las ganas de beber, por lo que mientras atravesábamos el glaciar no pudimos resistir la tentación de comer nieve, aún a sabiendas de que a la larga deshidrata, ya que nos aliviaba la sed y sabíamos que no tardaríamos tanto en disponer de agua como para sufrir el efecto adverso de tomarnos ese helado con sabor a nada, pero tan exquisito.

Finalmente, después de 35 horas sin parar llegamos a la Laguna de los Tres, donde nos tiramos encima de una piedra y dormimos un rato. Cuando nos despertamos, solo nos quedaba bajar al pueblo por el camino turístico, llegando al Chaltén a medio día, 40 horas después de haber salido de Piedras Negras y habiéndonos amanecido dos veces sin dormir. 

Volvimos vivos, amigos y con la cumbre, como se suele decir, pero esta fue la primera ocasión en que la frase tomaba un sentido tan cierto para mí. Estaba sobre todo feliz por haber vuelto vivo. Es curioso cómo desaparecieron todos mis problemas terrenales de golpe, lo único que deseaba era vivir y algo tan simple como recibir un abrazo de los míos. Estuve unos días feliz simplemente por estar vivo, comer, beber, dormir…valorando todo más que nunca. La pena es que esta forma de ver la vida no dura tanto como debería y el día a día te vuelve a atrapar con mil problemas y quebraderos de cabeza, volviendo a poner el acento en otras cosas que no son realmente las importantes.

Sin duda, ha sido la actividad más potente, bonita, satisfactoria y enriquecedora que he hecho nunca...por ahora.

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